Friday, March 11, 2011

Last Night (para mi amigo Rufus)

"¡Que tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma...!"


Me entero ahora por la Red de que ha fallecido un buen amigo que conocí a mediados de los 80, el armonicista sevillano Rafael "Rufus" Barbudo, un tipo auténtico y apasionado con el que compartí momentos inolvidables en cuatro ciudades diferentes. Un amigo que no sólo no voy a olvidar, sino cuyo recuerdo me veo en la obligación de refrescar y compartir. Me llega la triste noticia, precisamente, por la maldita Red, donde da la casualidad de que había intentado localizarle, sin ningún éxito, desde hace varios años. Peor aún: me entero ahora (¡ahora!) de que disponía de varias páginas propias y blogs donde podría haber contactado con él de haberlo sabido antes. Ni siquiera he podido acudir a su entierro, porque la noticia me ha llegado con casi una semana de retraso y, además, me ha pillado inmovilizado en casa con escayola y muletas.

No nos veíamos desde hace casi 20 años, y no puedo (no debo) ni imaginarme la cantidad de cosas que podríamos haber compartido hoy. Por ejemplo, esa pasión por la más difícil de todas las técnicas pictóricas, la acuarela. Por ejemplo también, otro "arte" aún más difícil, que no puede aprenderse en ninguna escuela además: la paternidad. O, sencillamente, intercambiar impresiones, frente a unas copas de fino, sobre la decadencia de la especie en general, y de esta España lanar en particular, donde ya casi todo está prohibido y penado por la ley, excepto ser un puto borrego analfabeto; sobre el lamentable estado de malestar que ha traído el "pensamiento único" del buenismo, más falso que un amigo en Facebook; Y, por supuesto, hablar sobretodo de ese incurable "virus" que ambos teníamos bien inoculado desde mucho antes de conocernos: el Blues.

Pienso en Rufus y me acuerdo inmediatamente de Junior Wells, otro Auténtico, Caballero del Blues, inmejorable artista y todavía mejor persona. Era noviembre de 1985 y Junior llegaba a Madrid por primera vez junto a Buddy Guy. Para constatar que el Hoodoo Man existía de verdad, que era de carne y hueso y se le podía entrevistar, acudimos a su hotel en las horas previas al concierto. Rufus vino desde Sevilla con su máquina de fotos y habría de currarse un magnífico reportaje de todo el acontecimiento. Después de citarnos con Buddy Guy para hablar con él también pausadamente en los camerinos del teatro Pavón, subimos a la habitación de Mr Wells a probar suerte.

Nos abrió la puerta Junior en paños menores, con la redecilla para el pelo puesta y luciendo unos abdominales, bueno, dignos del más profesional spot americano de máquinas para hacer abdominales, al tiempo que respondía afirmativamente a nuestra solicitud de cita en la cafetería del hotel. Y allí, enfundado ya en su tres-piezas de lamé, con sombrero, y entre caladas a su inseparable cigarrillo Cool, Junior nos fue despejando todas las dudas que quisimos plantearle sobre lo divino, lo humano y lo bluesístico. Como Rufus no entendía el inglés, nos amenizaba la charla con su armónica, cuando no estaba disparando la cámara o pidiéndome que le tradujera al maestro alguna pregunta concreta sobre el instrumento. Junior debió darse cuenta de que, en efecto, lo nuestro con el Blues era mucho más que un pasatiempo o una afición, y el inicial desconcierto se transformó rápidamente en uno de esos momentos mágicos, que tan inesperadamente pueden salpicar nuestras sedentarias biografías: nadie lo anticipó, a decir verdad; nadie va a olvidarlo tampoco, mientras viva, éso también es seguro.

A lo mejor segundas partes no suelen ser buenas. O a lo mejor sí, vaya ud. a saber, y resulta que el que dijo éso (D. Miguel de Cervantes) pues como que no era muy aficionado al Blues que digamos. El caso es que la segunda vez que coincidí con Junior Wells y con Rufus, en julio del 86 en Alicante, no sólo fueron instantes mágicos, sino que lo fueron doblemente, porque allí estaba también el amigo Buddy Guy, y los de Chicago estaban explicándose como libros abiertos en un lenguaje que todos -Rufus más que nadie- entendíamos sin duda alguna: la música. Rufus y un servidor acertamos a camuflarnos entre los cortinajes a la izquierda del escenario para asistir, estupefactos, apenas a unos metros de distancia, a lo que puede ocurrir (pero casi nunca ocurre) cuando se juntan dos de los mejores y deciden emplearse a fondo. Junior se daba palmaditas en el hígado mientras soplaba su armónica con el ímpetu de sus mejores discos, en tanto que Buddy, que esa noche había dejado milagrosamente aparcados los medleys de Hooker-Hendrix-Cream y demás, le estaba haciendo echar humo a su Guild de media caja con "Stormy Monday" o "Look On Yonder's Wall" como sólo él sabe hacerlo cuando quiere frente al público: mejor áun que en sus mejores discos. En fin, Rufus me miraba; yo miraba a Rufus. Volvíamos la vista al escenario, y volvíamos a intercambiar miradas. Pero no decíamos una palabra: ¡estaba todo bastante claro!

Naturalmente, tuve que ir también a "ver lo que pasaba" en Sevilla. Rufus me habló de los "legendarios" de allí, como Silvio de Barra Libre o los Smash, y me llevo a La Taberna de Pilatos y a La Carbonería; estuvimos con el bajista Juan Arias y su Blues Deluxe en la radio; me presentó a otros que soplaban con conocimiento de causa, como Juan Guerrero El Príncipe de Gales, Mingo Balaguer, Manolo Arcos, y a otros pioneros del blues sevillano como los guitarristas Julio Colín o Carlos Cepeda y los Entresuelos. Entre copitas de fino y can-ne mechá, más de una noche terminamos "cerrando" la ciudad, que ya sólo nos quedaba apalancarnos en alguna placita de Triana para evocar a Sonny Boy con una armónica y una guitarrita española.

En el 85 nos acercamos a Almería también, donde le escuché por primera vez soplar con una banda completa frente al público, la Bulla Blues Band del amigo Paco Campos, en la Sala Zaguán. "El Gran Rufus" (así, directamente, anunciaban sus actuaciones en cierto antro de perdición sevillano) volvió a Madrid en la primavera del 86 (de esas fechas tengo alguna imagen suya tocando con Billy Branch en el San Juan) y también al año siguiente, para ver a Albert Collins. Tremendo el Maestro de la Telecaster, por cierto; charlamos también con él junto a Tonky y Johnny B Gayden, y fue muy agradable la sorpresa que se trajo en aquella ocasión Rufus a Madrid: un guitarrista sevillano, menor de edad y peluquero por tradición familiar, llamado Lolo Ortega, que después iría a formar parte de la Caledonia Blues Band. Por entonces creo que Rufus andaba también muy activo en los escenarios con su nuevo grupo The Bluesters. También compartimos alguna decepción, porque "esto" de la música, ya se sabe... Como el fiasco de James Cotton en Madrid y en el Prado de San Sebastián sevillano, donde agotamos directamente todo el repertorio de exhabruptos hacia la nula profesionalidad del cantante y armonicista, para nosotros ya mucho menos legendario, din duda.


Rufus se quedó en mi casa unos días cuando vino a Madrid una vez más, ahora por motivos laborales pero no musicales, y en la Semana Santa de 1991 decidí devolverle la visita, en plan turista total. Me alojé en su casa, mientras él rogaba a los cielos que terminaran de una buena vez los festejos locales. Ya saben, la Semana Santa sevillana: o la amas o la odias, porque término medio sí que no hay (yo tuve hasta tiempo de averiguar que algunas sevillanas se sumaban alegremente a la congestionada marea humana de las procesiones pero no precisamente por devoción religiosa, sino por otras razones mucho menos confesables). Disfruté yo más que Rufus en aquellos días, me parece, de todas formas. Cuando no hablábamos de mujeres o de blues, de lo que hablábamos, básicamente, era de blues o de mujeres, como suele ocurrir. Pero es que la "escena local" ya era otra cosa bastante diferente a la de cinco años antes (los prolegómenos de la dichosa Expo 92, encima), lo mismo que nuestros propios caminos se estaban separando, sin intuirlo siquiera y sin motivo aparente, pero de manera inexorable y, desgraciadamente (ahora más que nunca) definitiva.

Todos cometemos errores. El mío fue permitir que la mera distancia geográfica, y los inevitables cambios en la situación familiar, me condujeran a perder el contacto y dejar languidecer un vínculo de amistad que (a buenas horas me doy cuenta) debería haberse visto fortalecido con el paso de los años. Porque razones nos sobraban a ambos. No ya por la música, ni por haber pasado muy buenos ratos juntos; aunque esto cuenta, no es suficiente para garantizar la supervivencia de una sólida amistad. Teníamos algo más: teníamos, creo, una absoluta compatibilidad de caracteres. Algunos decían que Rufus tenía un carácter complicado; no para mí, desde luego (pues habría que ver cómo calificamos el mío, que yo es que ¡huyo de hacer nuevas amistades desde siempre! ¿Para qué, para coleccionar "conocidos", llamarles "amigos" y así creerme que soy "muy popular"? Éso no lo he necesitado nunca). Por si esto no bastara, está la "cuarta pata del banco", lo mucho que podíamos habernos aportado el uno a otro, en muchos aspectos y de manera desinteresada siempre, ahora beneficiados ambos por la experiencia vital. "I wish I knew then what I Know now!", como cantaba Junior Wells, verdades como puños.

Fue Rufus un hombre obsesivo y perfeccionista (con el que inevitablemente tenía que congeniar, porque yo también lo soy), posiblemente una especie ya en extinción en estos tiempos y en estos lares, el país de la "sana envidia" (sanísima, vamos), donde prima la chapuza y el "todo vale, mientras no te pillen"; donde casi nadie sabe ya lo que es la ética ni hacer las cosas bien sólo por el gusto de que queden bien. Rufus lo sabía perfectamente, y se llevó sus disgustos por ello. Era, además, un hombre multifacético como he conocido muy pocos -por no decir ninguno-, un artista del que cualquiera podría haber aprendido cosas: tal vez el primer fotógrafo que prestó atención al Blues en este país (a mí me enseñó a disparar una vieja cámara Zenith cuando todo eso de los diafragmas y la exposición me sonaba a chino); un cocinero avezado, un experto en bricolage y en temas de sonido (vaya pedazo de sistema de audio que se había montado en casa para escuchar a Rufus Thomas o James Brown en alta fidelidad lo mismo en la cocina que en la ducha) y, desde hace diez años, aunque yo lo he sabido ahora, también era un magnífico acuarelista.


Me pongo a Little Walter, esa armónica y esa voz definitivas a tempo lento:

Last night, I've lost the best friend I've ever had...

Hasta siempre, amigo Rufus. Todos vamos a tener que pasar a la otra orilla cuando nos toque. "Sólo las piedras viven siempre", como decían los ancianos a los niños y jóvenes entre los indios americanos. Pero también es verdad que nadie se marcha definitivamente mientras su recuerdo permanezca entre nosotros con suficiente fuerza. Para mí sigues aquí, entre nosotros, lo mismo que continúan sonando tan vivas como siempre la armónica de Mr Wells o la Telecaster de Mr Collins. Porque la amistad auténtica es una de las pocas cosas que pueden sobrevivir a lo que sea. Incluso a la distancia y -ahora puedo decirlo- también al paso del tiempo.

¡Que suene el "Funky Chicken" a todo trapo, compañero!

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